- Me tengo que ir.
Se acabó el recreo. Empiezo a sentir el pinchazo antes incluso de que termines la frase. ¿Cuánto han sido, tres, cuatro horas contigo? Odio lo rápido que pasa el tiempo a tu lado.
- ¿Te pasa algo?
- Nada
Nada, pero la forma que tienes de rozarme la mejilla me quema y me tengo que apartar. La vedad es muy relativa supongo.
Ya estoy acostumbrada a esa sensación cuando estoy a tu lado. Estoy tan acostumbrada que hasta me parece divertido. Casi tiene gracia cómo tengo que soltar el botellín y agarrar la barra del bar para no perder pie. Aunque me queda muy bien, muy natural, como si sólo me estuviera apoyando. Para nada se nota que son los efectos de tres años de agujas en el corazón cada vez que te das la vuelta.
Se que me vas a volver a preguntar y se que voy responderte lo mismo. Con estas cosas hay que ser consecuente.
- ¿De verdad no te pasa nada?
Titubeo. Intermitentemente me deslumbran los destellos de la bola de espejo del techo.
Bajo la cabeza y te odio vagamente. La noche en que me cogiste de la mano y me preguntaste si alguna vez me habían besado bajo la nieve se me ha atravesado en la garganta. No me sale la voz.
Sacudo un poco la cabeza y el recuerdo cae al suelo, justo al lado de tus converse negras. Lo aparto un poco con el pie para que no se manche con la ceniza y la basura del suelo y te respondo: “nada”.
Es justo igual que entonces. Cómo quise entonces parecerte una mujer de mundo.
Fría y curtida en esos asuntos, cuando, en realidad, la nieve empezaba a fundirse ya a dos metros de mí y la piel se me derretía bajo el abrigo. Si el mundo hubiera sido un escenario entonces, te juro que hubiera ardido bajo mis pies. Pero las piedras no se calientan sólo por el deseo de un corazón. Hace falta más que sólo deseo para forzar los acontecimientos.
Tras una nueva oleada de punzadas cuando me miras, me repito que después de tres años ya casi no me quemas. Tras tres años de echar ceniza encima de del roce de tus dedos, puedo decir, con conocimiento de causa, que es casi verdad.
Dicen que es lo mejor para parar una hemorragia, la ceniza. Y debe ser verdad. Si ahora me acuerdo de ti ya no duele tanto. Si pienso ahora en aquel ventanal enorme por donde sólo se veían árboles, por donde yo sólo te veía a ti, ya no me sabe a sangre. Ya no me ahoga esa nausea metálica en el fondo del paladar a todas horas. Ya no corro el peligro de vomitar al primer descuido mientras camino hacia el metro. O mientras me lavo los dientes. O cuando recojo el cambio el cambio del periódico.
Tras estos tres años, donde antes había sangre ahora sólo queda polvo.
No me pasa nada, es casi verdad.
Me termino el cigarrillo que tengo entre los dedos y lo apago justo sobre el recuerdo que antes había apartado bajo la barra; con todos los destellos de colores de la bola de espejo corriéndole por encima.
Con estas cosas hay que ser consecuente. Levanto la vista y ya casi me das la espalda.
No, no me pasa nada, y no necesito que vuelvas a rozarme.